Era un grito atrapado en un suspiro, una lágrima camuflada en una triste sonrisa y un abrazo atado al olvido; era un alma como todas, encerrada en un cuerpo que limitaba su libertad, víctima del azar de la vida y conquista asegurada de la muerte.
Nunca quiso utilizar el atajo que había delante de ella, su corazón desecho por la tormenta y confusión, ya no quería ver ni escuchar, nada movía su interior, todo era simple ilusión.
Nunca supo lo que era disfrutar porque todo le daba exactamente igual, ni el azahar de los naranjos en su patio lograron extasiarla.
Jamás llegó a conocer la simplicidad de la naturaleza; lo único que notaba era su lluvia incesante que desesperaba su interior.
A pesar de todo, supo lo que era estar en casa, acomodarse en su espacio seguro y sólo por aburrimiento, hojear un libro.
Su interior era complejo y sólo la muerte pudo calmar esa incertidumbre y cortó para siempre su absurda esperanza de abrir los ojos y seguir respirando.
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