No te puedo desprender de mí o simplemente no quiero hacerlo; confundes y aclaras mi existencia, huyo de ti y luego te busco desesperadamente, te juzgo y te defiendo, te condeno y luego te justifico.
Eres ese algo que jamás haya tenido durante tanto tiempo, eres ese algo que me empuja y me equilibra, me hiere y me cura, así no más, sin dar explicaciones ni dar argumentos, sin necesitar justificaciones, sin atender reproches... Tan natural como un amanecer y tan necesaria como el aire que respiro, así, estática, muda e inevitable, así es tu existencia, así es tu presencia, sin leyes, sin dueño, solo tú y tu compañía permanente en los corazones humanos.
Clavas una daga fría y filosa que no mata, pero deja una herida abierta por la que se desangran los corazones retraídos y despojados, esos que manejas a tu antojo, disfrutando su agonía y desesperación.
¿Quién te creó? No pudo haber sido Dios, pues hasta Él ha sido tu víctima y lo indujiste a crear al imperfecto ser humano del que haces parte o eres dueña si te place, supongo que Él solo quería calmar un poco eso que haces nacer hasta en la divinidad.
¿Cómo haces para dar alivio y regocijo y luego sin más ni más produces el dolor más grande que se pueda soportar?
No entiendo tu propósito y enloquecería tratando de hacerlo, me conformaría con encontrar algo para neutralizar tu hechizo, ese hechizo dulce y mortal que lanzas a cada ser haciéndolo tuyo por el resto de su existencia.
¿Quién te da el poder para gobernar sobre las almas vacías y confundidas? ¿De qué depende que seas la mejor aliada o la peor de las pesadillas? ¿Cómo es que te aborrezco tanto y luego te busco para refugiarme en ti?
Eres ese algo que jamás me abandona, pues nunca he sentido que te vayas; te has hospedado ilimitadamente en las profundidades de mi corazón y ahí permaneces siempre lista para atacar por placer o para acudir a mi llamado.
Eres hermana de la tristeza, amiga de la nostalgia, prima de la melancolía, madre de la decepción, esposa del dolor, diste a luz a la ingratitud y haces el amor con la indiferencia...
No trabajas ni para el bien ni para el mal, estás por tu cuenta, tu reinado independiente sobre los pobres mortales.
La muerte es tu mejor amiga, es la encargada de dar el último abrazo a los corazones abatidos por ti, ella envuelve los sueños en su capa y da fin a quien un día consumió oxígeno en este mundo. Tú la provocas a ella y ella te produce a ti... No critico tus amistades, solo plasmo en estas letras lo que has producido en mi esencia a lo largo de los años; creo que soy una de tus mejores obras, tengo el enigmático vacío que nada ni nadie ha podido llenar, poseo la confusión más espesa que el lodo mismo de la duda, hay una ira muda en mi alma y el frío cortante de la decepción en todo mi ser. Sin embargo, he sentido que me cuidas, me proteges y me aíslas para que no caiga nuevamente en ese campo minado oculto bajo pétalos de rosa en el que se cae una y otra vez mutilando algún sentimiento.
Eres tan necesaria, pero en exceso eres mortal, se requiere consumirte en pequeñas dosis para disfrutarte, yo no he aprendido a consumirte y tomo a cántaros ese dulce veneno del que estás hecha, por eso me tienes, me posees y me das pequeñas salidas para que compruebe por mí misma que estoy mejor contigo, eres feliz dejando que me vaya optimista y vuelva decepcionada y dolida de lo que me encuentro sin buscar y de lo que busco sin hallar. Hasta ahora tienes el control absoluto, porque cada experiencia es una derrota para mi voluntad y una victoria para ti. Pero no todo es tragedia ni lamentos, de cada golpe he aprendido y he adquirido fortaleza, si no fuera así, tú no tendrías el poder que ahora tienes y a pesar de lo dramático que he escrito, deseo que continúes ahí para mí; gracias a ti he aprendido a conocerme, a fortalecerme y a aislarme sin extrañar lo que nunca tuve en realidad.
A ti te debo gran parte de lo que he aprendido; inspiras mi pensamiento y estremeces mi razón. Eres la compañía más duradera que alguien pueda tener pero que no se desea del todo, eres mi amiga y mi verdugo, mi guía y mi perdición, te pertenezco y eres mía.
¿Cómo llamarte, quién te bautizó? Hija de nadie, compañera de todos y tormento de la mayoría; jamás desaparecerás pues encarnas la desaparición de todo y en la nada, solo habitas tú: Eterna soledad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario