Rodeado de montañas con más caminos que gente, perdura ese pueblito que pareciera detenido en el tiempo. Sus pocas calles guardan un montón de historias; unas muy conocidas y otras aún por descubrir y contar.
Esas calles que en sus esquinas tienen la huella de varios corazones rotos, la alegría de algunas reconciliaciones y la satisfacción de haber compartido con los amigos de aquella época esa alegría característica de la adolescencia.
Los años de colegio, de primeros amores y decepciones, de largas charlas y trasnochos, todo eso pareciera quedarse plasmado en cada muro por la tinta invisible de la melancolía.
Miro atrás y veo con nostalgia, que el tiempo sí ha pasado, no se ha detenido y los años han ensamblado la inevitable adultez que cuesta trabajo asimilar y que no es nada sencillo sobrellevar. Esos días de tareas, vacaciones, aventuras y amigos, dejan de existir para dar paso a las inevitables preocupaciones y responsabilidades que sin excepción, todo adulto adquiere.
Ese pueblito se quedó con una parte de mi vida que recuerdo con gran cariño, y cuando voy, vislumbra en esas calles donde la memoria revive la época aquella que atesoro en mi corazón.
No sé si seré la única que tiene esa melancólica percepción, pero estoy segura de que la mayoría alberga esos recuerdos que parecen recobrar vida en cada visita al pueblo.
Quiero recorrer de nuevo esas calles y descubrir que el tiempo ha hecho lo suyo, que lo que recuerdo ya no es ni está...
Tan cierto y que nostalgia pero también que alegría de ser parte de ese recuerdo.
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